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A la calle, madre, yo voy también

A veces las historias necesitan su tiempo y es una pena contarlas a medias por pura incontinencia. Acá va un trabajo que estuve haciendo en 2010 un par de meses: vender periódicos, tabaco y revistas en un kiosco.

En realidad, no tengo de qué quejarme. Además de poder ojear la prensa gratis en el trabajo, tenía el privilegio y la osadía, al contrario de mis compañeros, de tener un contrato. Es para imaginárselo. Una lista de derechos y oblicaciones firmadas y selladas en un papel con validez legal… casi un matrimonio. Ya no quedan románticos.

Yo me empeñé en que me hiciesen un contrato, aunque fuera de minijob, y después de mucho porfiar, me lo hicieron. Pagaban 6,5€ la hora y algunos de los trabajadores, sobre todo los que tenían familia a cargo, trabajaban a veces dos turnos seguidos de ocho horas.

Su contrato eran las “normas”, recogidas en un alemán lleno de faltas de ortografías, fotocopiadas, plastificadas y pegadas encima del mostrador. Entre manchas de café y otros churretes variados se leía, por ejemplo, que las sanciones por llegar 10 minutos tarde o por no hacer todas las tareas encomendadas suponían recibir 10€ menos al final del mes cada vez que se incumpliesen las normas… Cuando pagaban al final del mes.

Quienes primero tenían que cobrar eran los proveedores. El chico que traía el tabaco era el que peor llevaba lo de los pagos irregulares. El resto del personal lo tomaba como algo natural. Las dos veces que me pagaron mi sueldo tuve que esperar unos 15 días para poder cobrar. Cuando por fin me pagaban, salía con la sensación de haber robado un banco, con el fajo de billetes en el bolsillo y deseando llegar a casa sin que cualquier desalmado me asaltase por el camino.

Las vacaciones del jefe y de su señora, por el contrario, no se aplazaron. 

Vacaciones pagadas, días pagados por enfermedad, cotización para una pensión el día de mañana… ¡anticuadas paparruchas!

Kiosko en Berlín. Foto: simplifica (Flickr)

Kiosko en Berlín. Foto: simplifica (Flickr)

Podría pensarse que tuve mala suerte, que estoy gafada del todo, que no doy una y que atraigo a todos lxs explotadores de la ciudad. Pues en diciembre hubo una campaña sobre este tema de las condiciones laborales de los dependientes de kiosco y al parecer estas prácticas están más extendidas de lo que mi mente paranoica pueda imaginar.

El sindicato anarquista FAU asegura que hay muy pocas denuncias de afectados por este sistema cuasi-esclavista en los kioscos. Yo sé muy bien porqué: Porque la mayoría no tienen muchas otras opciones de trabajo y tienen otros seres humanos a su cargo. Pero también porque muchos no tienen papeles. Encima tienen que estar contentos de tener un trabajo, el que sea. Uno de estos trabajadores, que durante años aguantó miserables condiciones laborales, se envalentonó y denunció al jefe con la ayuda de este sindicato. Y ha ganado la batalla.

Por cierto, es muy divertido que la mayoría de kioscos pertenecen a turcos-alemanes de segunda o tercera generación. Las relaciones de explotación no conocen de nacionalidades.

Incontinencia callejera

Clase de alemán XXVI

En Alemania hay una asociación de periodistas de investigación, Netzwerkrecherche, que publica folletos, dan conferencias y conectan a periodistas que se dedican a ir más allá de las apariencias y hacen investigaciones más profundas. Esta moda de investigar le ha llegado muy al fondo, ya que ella misma tuvo en 2011 tuvo un escándalo monetario.

En su cuadernillo “Camuflados. Reporteros en misiones secretas” (en alemán, “Undercover. Reporter in Verdeckter Einsatz”), entrevistan a varios colegas que han destapado casos muy diferentes y llama la atención que hay algo que los entrevistados repiten y que Gerhard Kromschröder resume a la perfección.

Este periodista se hizo pasar por turco antes que el famoso Günter Wallraff y se camufló durante años en la escena neonazi. Una de sus investigaciones más famosas la hizo como basurero. Arrojando sin control en una decena de vertederos alemanes basura que podría ser tóxica, no encontró mayor problema a pesar de que las instalaciones no estaban preparadas para ese tipo de desechos.

Su respuesta a porqué no hay más historias investigativas, con la que coinciden varios colegas, entre otros factores, es que:

“Se buca en Google un tema y ya se cree tenerlo todo. Faltan las ganas de salir febrilmente a la calle y confrontarse con la vida verdadera y ver las cosas in situ”

“Man googlet ein Thema und meint es schon in der Kiste zu haben. Es fehlt die Lust, fiebern rauszugehen und mit dem echten Leben zu tun zu haben und sich vor Ort Dinge anzugucken.”

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Revuelta en el Döner

Llegué a Berlín de vuelta de Andalucía, convencida de que no volvería a hacer ningún trabajo mal pagado, en el que fomentase a mafia alguna y menos aún si era sin contrato.

El primer día de regreso fui a un Kebap a comprarme unas papas fritas y ya me dejé convencer por lo que parecía ser una oferta que no podía rechazar: vender zumos y ganarme unos eurillos. Un trabajo sencillo y agradable. El sol brillaba a más no poder y parecía pedirme a gritos un SÍ como una torre.

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– Gracias, su zumo.

– De nada, su vuelta.

Lo cierto es que el sueldo era muy muy bajo: 5 euros la hora. El contrato era un contrato de minijob. Para más señas leer este artículo de El País sobre este modelo de explotación legalizada.

Al cuarto día, Berlín volvía a ser la ciudad que es: Nublada y con un frío que pela. Nadie quería tomar zumo de naranja en un día así. Ocho horas de pie pasando frío por 40 euros. Me pillé un resfriado increíble y al día siguiente no pude volver al trabajo, con lo cual aquel día no gané nada.

Así fue mi vuelta y mi revuelta a Berlín: Le dije al jefe que si trabajaba ocho horas debía tener un trabajo a tiempo completo, y que si el negocio era realmente rentable tendría que pagarme algo más por hora. Me respondió que no siguiese, pues estaba infundiendo una “moral errónea” a los otros empleados. 

Uno de ellos, el cocinero del Kebup, me contó que hablaba seis idiomas y sabía cocinar platos de muchos países diferentes. Formación profesional incluida, llevaba trabajando en el sector un lustro. “Son malos tiempos, yo también trabajo por 5 euros la hora, tengo un contrato a tiempo completo, pero ésto es lo mejor que he podido encontrar”.

En su defensa tengo que reconocer que eran muy simpáticos y me llenaban la barriga de zumos y falafel. Tan solo me daban escalofríos cuando pasaba algún nazi por la puerta, y se quedaba fijamente mirándome a los ojos. No sé si era paranoia o qué, pero bien que nos bombardearon con lo de la “Banda del Döner”.

La alarma mecánica

Clase de alemán XXV

Dicen que el berlinés mas famoso es el ruso Wladimir Kaminer, escritor y periodista, que con su bestseller “No soy un berlinés” (Ich bin kein Berliner), una “guía de Berlín para turistas perezosos”, descubrió a los alemanes un punto de vista de sí mismos que hasta entonces eran incapaces de captar. Pronto estará en las pantallas su primera película, y muchos sábados deleita a sus más fieles en un bar en el que lee sus divertidos escritos. No puedo más que recomendarlo a los que quieran aprender alemán y se muden a Berlín.

En el capítulo “Nazis y otras cosas dignas de ver” cuenta:

“Desde que mi suegra ha venido a visitarnos, se preocupan mucho por ella sus familiares en el Cáucaso norte. Cada semana la llaman por teléfono, a veces incluso en medio de la noche. “¿Cómo estás, Tanja? ¿Está todo bien? ¿No estás herida?” La razón de tanta pregunta es la información tan parcial que sobre Berlín emiten en la televisión rusa. En ella se muestran una y otra vez imágenes aterradoras de la capital alemana: manifestaciones de neonazis, disturbios, casas ardiendo y coches volcados. “Pues yo no he notado nada”, dice mi suegra cada vez. Los familiares por el contrario viven en una región inestable cerca de la frontera con Chequia. “Mira menos la tele y más por la ventana. ¡Ahí donde vosotros ha explotado hace poco una casa!, intento contraatacar. “¿Qué casa? Aquí no ha pasado nada. Pero ahí, en Berlín, lo hemos visto – ¡por todas partes hay talibanes! ¡Andad con ciudado!”, nos aconsejan los parientes caucásicos.”

“Seit meiner Schwiegermutter bei uns zu Besuch ist, machen sich ihre Verwandten im Nordkaukasus große Sorgen um sie. Jede Woche rufen sie an, oft sogar am Mitternacht. “Wie geht´s dir, Tanja? Ist alles in Ordnung? Bist du auch nicht verletzt?”  Der Grund für solche Fragen ist die einseitige Berichterstattung über Berlin im russischen Fersehen. Dort werden nämlich immer wieder erschütternde Bilder aus der deutschen Hauptstadt gezeigt: Nazi-Demos, Krawalle, brennende Häuser, und umgekippte Autos. “Also ich habe eigentlich nichts bemerkt”, sagt meine Schwiegermutter jedes mal verlegen. Dabei legen gerade die Verwandten in einer instabiler Region nahe der tschechischer Grenze. “Guckt weniger Fernsehen und mehr aus dem Fenstern! Bei euch ist doch neulich ein Haus explodiert!”, versuche ich zu kontern. “Was für ein Haus? Hier ist nichts passiert. Aber bei euch in Berlin, das haben wir gesehen – überall Taliban! Bleibt wachsam dort!”, raten uns die kaukasischen Verwandten”.

 

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