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Tiempo de dejar de ser cateta

El chico que recoje la basura en el sótano del edificio se llama Markus. Desde hace más de dos semanas lleva el mismo chándal negro y el mismo gorro de lana desgastado. Es muy simpático, porque sólo nos conocemos de hola y adiós.

Le comenté que estoy pensando dejar este trabajo y que esta semana ya he empezado a buscar otra cosa, en parte por lo mal que nos tratan (cuento estas penurias, pero no soy masoquista), en parte porque no estoy de acuerdo en trabajar para una empresa como ésta, en la que se da una explotación tan rampante. Somos esclavos del dinero, no de este jefe.

Markus me miró sin inmutarse y me dijo “No me extraña, desde noviembre ya sois diez las personas que habéis pasado por aquí. Todos se marchan. Esa empresa es una caja registradora. Se dedican a colocar gente para cobrar los 1.000 euros que da el servicio nacional de empleo por contratar a un parado, pero al mes o incluso antes, se marchan o son despedidos.”

De los colegas que empezaron en la escuela no queda ninguno, cada día llega gente nueva, muchos de ellos van allí a trabajar un día “de prueba”. La prueba es doblar la espalda cinco o seis horas sin cobrar nada y al final del día, desgraciadamente, siempre se han decidido por otro trabajador.

Está llegando la hora de decir adiós a la fregona, al menos en esta empresa. Si mi próximo trabajo es de periodista, me dedicaré a informar lo mejor que pueda. Pero como creo que no caerá esa breva porque los árboles están más que secos por la crisis, volveré con otras historias de otros trabajos precarios.

No todo es quejarse: Alemania alardea de su economía bollante, pero los alemanes han perdido poder adquisitivo sin frenos en las últimas décadas. Ahora, no se lo pierdan, en una semana en que piden a Grecia quitar el pan de la mesa para pagar los tanques que Alemania les ha vendido, la ministra alemana de trabajo Úrsula von der Leyen asegura que los salarios aquí tienen que aumentar para que todos puedan beneficiarse de la buena coyuntura económica.

Ajo y agua para Grecia, Irlanda, Portugal, España… Por no hablar de Hungría, Rumanía y los otros desastres de los que me olvido tan amenudo centrada en mi micro-cosmos hispanoalemán.

La fregona pueblerina

Clase de alemán XXIII

Una buena bofetada me dió el sábado la película Mort à vendre (Muerte a la venta) de Faouizi Bensaídi: Un thriller marroquí que me recordó lo cateta que soy, por no haber ido nunca a Marruecos y desconocer esa realidad que está a pocos kilómetros de donde nací. Muestra un Tetuán que no me había imaginado dentro de mis prejuicios.

Ay, la Berlinale.

Os traduzco el primer párrafo de la crítica de Frédéric Jaeger para critic.de:

A asesinos a sueldo y a películas de serie B recuerda su título. Mort à vendre es un retrato generacional marroquí, que tiene menos que ver con las producciones actuales que con una película de los setenta de Federico Fellini. Al director Faouzi Bensaïdi le interesan los elementos del crimen y las rupturas con la ley. Comienza con una salida de la cárcel y termina con una persecución. Entre medio dibuja el día a día de tres jóvenes tunantes en la pequena ciudad del norte de Marruecos Tetuán.

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